sábado, 21 de febrero de 2015

Muerte, íntima amiga.

Un día, enfadada con la vida por la perdida de otro ser querido, decidí llamar a gritos a la zorra de la Muerte.
Tras varios intentos, me dí cuenta que sería una tontería pues ella nunca me daría la cara.
Que equivocada estaba yo, tras dar las doce de la noche. Una brisa helada me recorrió todo el cuerpo y al darme la vuelta... La vi.
Allí estaba ella, la imagen era preciosa y a la vez aterradora.
Ella estaba enfrente de mí, con sus cuencas vacías y piel blanca como la nieve.
Pero como muchos pensaran, no me dio miedo. Al contrario, me impuso tal respeto que casi era imposible mirarla de frente.
Pero aún así me arme de valor y le dije:
-¿Por qué haces esto Muerte? ¿Por qué te llevas a la gente tan joven?.
Ella, sin ningún sentimiento en la voz me dijo:
-Querida, lo mío es sólo un juego. Tú tienes una cuerda en tus manos, sostienes un trozo y yo el otro. Pero cuando te pones a tirar, me hace gracia entonces yo también tiro de esa cuerda. Hasta que me canso del juego y tiro con tal fuerza que al final puedo darte el abrazo que te conduce al sueño eterno. Pero aún así te doy tiempo para que hagas tu vida, unas veces doy mucho, y otras veces al estar cansada no doy nada.
No pido que me entiendas, pues no podrás. Muchas veces los mortales os ponéis la soga al cuello vosotros solos.
Con esas palabras se volvió a marchar dejando el mismo frío con el que apareció.
Desde entonces entendí que no se puede hacer nada.
La muerte sólo juega a un juego, que para algunos será justo, para otros será cruel.
Pero debemos asumir que siempre será ella quién gane...